El almanaque,
Pálido y
cada vez más delgado,
Fallece lentamente
ante el deseo de una sorpresa,
Esperando,
Pacientemente,
Toparse con algún
desborde de pasión,
De amor,
De complicidad.
Con alguna
melodía acompañándolo,
Va marcando
cada día,
Sumando ganas,
Esas que le
ha visto guardarse,
Buscando la
fórmula exacta
Para
transformarlas,
Para convertirlas
en lujuria con forma de besos,
Cuando al
fin,
Su presencia
deje de ser ilusión.
Cada vez más
pálido,
La observa a
ella,
Imprimiendo letras
que nadie leerá,
Rescatando algunas
Que hará
públicas.
La contempla
soñando,
Cuando aún
no se ha logrado dormir,
Cantándole al
papel,
Hablándole sobre
una historia,
Dándole detalles
que él aún desconoce.
Celoso, entonces,
Hace que los
días corran maratones,
Queriendo
robarle la historia,
Pero el papel es sabio
Y ha sabido
guardarla con cautela.
Los días
corren cada vez más rápido,
¡Astuto almanaque,
Que les ha
enseñado bien!
Ella los
busca,
Recorre las calles ansiosa,
Añorando tropezar
con aquella voz,
Buscando el
camino
En el que quedaron sus uñas,
Las que le
arrancaban la tristeza,
Extrañando desmesuradamente
Esas risas
que lavaban cada lágrima,
Esa presencia,
Su presencia,
Que le
completaba el alma.
Así la
observa el almanaque,
Así ríe
perversamente,
Así la odia
amorosamente.
Ella escribe,
Y en un
descuido
El almanaque
lo logra ver:
¿Podrías
venir?
¿Podríamos
aniquilar toda intención de este malvado almanaque?
Así el
tiempo sería nuestro,
El pasado y
el destino,
Igual,
Así
podríamos encerrar en cuartos de olvido a quién ha querido robarse nuestra
historia,
Y dejar
junto al almanaque
Toda deshonra
de este amor,
Tan nuestro,
Como mi
deseo de estar junto a vos.
Así la
observa el almanaque,
Así ríe
perversamente,
Incluso más
fuerte aún,
Así la odia
amorosamente,
Así se da cuenta,
Que no hay batalla que le pueda ganar.
Que no hay batalla que le pueda ganar.
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